Ajajajaja....ay... jjijijijiji ....qué plato!. Me estaba acordando justito ahora, cuando empiezo a escribir, una cosa tan pero tan graciosa que no la puedo contar. Cuando me tiento pierdo la memoria. Cosas de vieja. Apenas me acuerde, prometo no reírme así puedo contarla. Lo que sí me acuerdo perfectamente es de una Navidad en casa de la madre de mi nieta. Esta mujer preparaba la cena y no había dios que la convenciera de que la ayudáramos. Una mal llevada. Entonces con Adelia llevamos a las niñas a la plaza del barrio. Entre mis nietas y sus amigas eran como 13 niñitas perfectamente desbordadas. Corrían todas para la derecha. Luego todas para la izquierda. En diagonal. Paralelas. Equidistantes. Parecían el teorerma de Pitágoras con caritas. De una punta a otra de la plaza. Hasta que cada una siguió su propio camino. Que es lo que querían demostrar.
Y no nos alcanzaron los ojos para semejante cobertura. El caso es que se nos perdieron cinco. Entre ellas, estaban mis nietas. Todas. Martita, mi nietita mitómana adorada, estaba detrás de un árbol haciendo pis. Mientras dos la tapaban. La pequeña Laale estaba arriba del árbol avisándole a todo el mundo lo que estaba haciendo Martita y la mayor, en planta baja, la señalaba con el dedo y se moría de risa. Como yo cuando me acuerdo de algo, y me olvido si me rio.

Las reté a las tres por igual. Era vísperas de Navidad. Las criaturas debían repartirse la culpa , como el Pan Dulce, en partes iguales. Para qué darle a una sola todo el peso y todos los hidratos?. Y estábamos con Adelia en pleno reto cuando aparecieron unas amigas nuestras que se ve que venían de un brindis. “Eleniiiitaaaaaaa.... Adeliiiiiaaaaaa..... que hassssshen en la plassssha.....jajajajaja... qué grassssshiossssho..... todo..... lassssh queremosshhhh,,, sssshaben??????”. Yo no tenía problemas con su borrachera. Las niñas, con la madre que tenían, estaban preparadas para no sorprenderse de casi nada. Y conmigo, el “casi” también desapareció. El tema era otro. Recolectadas las 13 niñas, había que sumar ahora a estas dos borrachas que ya no se sostenían. No las íbamos a dejar a la buena de dios. Y pusimos manos a la obra. “A ver, hijitas, ellas necesitan que las ayudemos, ustedes van a cuidar a Sarita y ustedes a Berenice.” Cuando Adelia hablaba el viento se convertía en brisa y los helados se licuaban. Y las niñas, ovejitas. Adelia era una encantadora. De elementos. De objetos. Y de seres vivos. El caso es que las niñas cuidaron a las borrachas, hasta que conseguimos un taxi. Ninguna quería quedar afuera. Por lo tanto, entre dos taxis, nos fuimos a la casa de nuestras amigas. Trece niñas y cuatro mujeres adultas, muertas de la risa, repartidas en dos taxis. En vísperas de Navidad. El tiempo pasó como refucilo. Cuando nos dimos cuenta eran las 9 de la noche. Dejamos a nuestras amigas en su casa. Y volamos a restituir a las niñas.
Una vez que el brote de la madre de mis nietas floreció y empezaron a a caer frutos por todos lados como proyectiles, le expliqué que había un pesebre viviente en la plaza y no hubo dios que las pudiera sacar de allí. No me creyó. Nunca lo hacía. Sobre todo, en este caso en que 13 niñas alteradas contabas todas al mismo tiempo lo que había sucedido. Estaban felices. Eso la sosegó un poco. Y estaba Adelia. La garantía. Suficiente. Y a otra cosa mariposa.
A las 24 hs., brindamos.. De allí nos iríamos a brindar con nuestras amigas Sarita y Berenice. Y a terminar la noche bien borrachas. “Abu.... querés que te acompañemos así las llevamos después en taxi a tu casa?”. Y sentí que el espíritu navideño inundaba todo y que mis nietas me daban la prueba de amor más grande de mi vida. O hay algo más amoroso, entrañable y solidario que proteger a una abuela borracha?.